Chuck Berry, la noche de la sopa

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Hoy, 19 de Marzo de 2017, al conocer la noticia del fallecimiento de Chuck Berry, no puedo más que ponerme a recordar que ‘yo estuve un día con el más grande de todos los músicos de la historia de la humanidad’. [Por Diego G. Bravo]

El 29 de Marzo de 2008, mi amigo y socio de aventuras musicales Carlos Javier López y yo, esperábamos inquietos en el aeropuerto de Granada. Estaba por llegar toda una leyenda de la música, a la que – horas después – teníamos programada en el Auditorio Maestro Padilla de Almería. Nada más, y nada menos que Chuck Berry, ‘Dios’, como me lo definiera un día mi gran amigo y ex concejal de cultura en Almería, Pablo Venzal. Y, efectivamente, era algo más que un artista, era el hombre que un día inventó el rock and roll. Sin él, no sabemos que habría sido de la música, ni lo que habrían hecho Beatles, Stones, Queen, o tantos otros.

Admirado por todos los grandes de la historia, Berry solo tuvo un problema en los tiempos en los que ser blanco pesaba mucho, ser negro. Quizás por ello, el inventor del rock and roll vió como uno de sus admiradores, Elvis, recibía el entorchado imaginario de ser el ‘Rey del rock’. Aceptándolo como bueno, y según la teoría de mi amigo Venzal, por encima del Rey solo puede estar Dios, Chuck Berry.

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Su vuelo aterrizó puntual en Granada y, de repente, por la puerta de llegadas aparece un señor mayor, con su gorra de capitán de barco, caminando como si fuese un humano más. Llevábamos días algo ‘acojonados’ con este concierto. Las exigencias, ‘casi’ extravagancias, del contrato, y la leyenda que persiguió a Chuck Berry en sus giras nos hacía temer que en cualquier momento una chispa prendería el tan temindo ‘no hay concierto’.

Nos dirigimos a él, le saludamos, con el inglés de Carlos, el mío no dá para mucho más de ‘good morning’. Y esperamos al resto del grupo, entre ellos a otra estrella, Patrick Rocher, su manager. Solo alguien como Patrick podía ser manager de Berry. Solo bastaba unos minutos con este francés afincado en las Américas, del norte y del sur (Estados Unidos y Uruguay), para entender que él también era una estrella, de los que hacen aún más grande a artistas de la talla de Chuck Berry.

Nos fuimos al hotel, un 5 estrellas marcado por contrato. Y allí pasamos el día, con la incertidumbre de si pasarían la última prueba los amplificadores Fender que se pedían, de un modelo y pulgadas difíciles de encontrar en el mercado de alquiler. Viejos modelos que aportan el sonido que Berry quería para su guitarra. Ni un viaje a Londres de la empresa que se encargó del sonido, la iluminación y el backline, fue suficiente para dar con el modelo requerido. Por contra, nos pusieron el mismo modelo de Fender, pero con algunas pulgadas menos en el altavoz.

El tema se negoció en una comida que Carlos mantuvo con Patrick, y a la que por mis miedos, decliné asistir. No debe haber problema, dijo. Y aquella frase nos tranquilizó. Lo gracioso es que, cuando llegamos al Auditorio Maestro Padilla, hora y media antes del concierto, con el tiempo justo de probar y abrir puertas, nadie fiscalizó ni el más mínimo de los detalles de tantas exigencias como aparecían en contrato, para respiro y alivio de todos.

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Chuck Berry pasaba ya de los 80 años, iba acompañado de una gran banda, capitaneada por su hijo Charles Berry Jr, en cierto modo su protector sobre el escenario. Mientras él descansaba en su habitación, sin ni siquiera bajar a comer, el resto dejaban pasar las horas hasta que, alrededor de las 17’30 de la tarde, marcháramos para Almería. Allí todo estaba listo para la prueba y para el concierto.

Viajamos en 2 modelos de Mercedes de muy alta gama, como indicaba el contrato. Berry se puso a los mandos de uno de ellos. En él viajaban Carlos y Patrick. Yo, por contra, lo hacía en una fugoneta Mercedes Viano que nos había prestado, generosamente, David Bisbal. Un furgón de renting que había sido utilizado en su última gira, y que aguardaba cumplir los plazos para su devolución. El resto de la banda, en otro modelo de Mercedes, exigido también por contrato.

Berry conducía de manera temeraria y a tanta velocidad que mi amigo Carlos no tuvo más remedio que entonar en voz alta, y por supuesto en inglés, que “por ir a esa velocidad en España te pueden encarcelar”. La reacción del creador del rock fue frenar en seco, en mitad de la autovía, y sin mediar palabra alguna, cambiarse al lugar del copiloto. Fue, sin duda, un alivio para todos. Así se puso a salvo la vida, el concierto, y el vehículo, que gentilmente nos había cedido la marca Mercedes, teniendo en cuenta quien era el personaje que lo demandaba para viajar en él. En Almería todo bien, la prueba fue muy simple, sin Chuck Berry, más bien un simple chequeo. Lo peor y lo mejor… estaba por venir.

Cenar en un ‘chino’ o sobre el ‘ampli’

No recuerdo en once años un catering más barato que el de Chuck Berry. Bueno, quizás el de algunos que, últimamente, y con la crisis, ya solo piden agua. Pero por norma general, suelen ser de entre 100 y 600 euros, dependiendo del artista, y de algunas cosas más que prefiero omitir. El caso es que para este concierto todo se limitó a que Berry quería cenar en un Restaurante Chino después del concierto. Antes de eso, a penas pidió nada. Bueno, sí, un zumo de naranja que le hice en su presencia y supervisado por su asistenta que vigiló todo, hasta el momento previo en el que me lavé las manos para proceder a exprimirle unas naranjas. No dió tiempo a verter el líquido en el vaso. Se lo bebió de un trago. Con respecto al asunto del restaurante maticé a Patrick desde el primer momento que no hay restaurantes chinos de estética elegante, acorde a la categoría del artista, o al menos eso entendía yo, en Almería. Por si acaso, reservé dos. Si uno no le gusta, tenemos otro, pensé. No hizo falta, todo fue mucho mejor… o peor.

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A las nueve menos diez minutos de la noche, a solo diez minutos, sí, de empezar el concierto, al señor Berry solo se le ocurre que quiere ir a inspeccionar el restaurante elegido para la cena. Se forma un gran revuelo. No dá explicaciones, solo indica a Patrick esta orden y sale a buscar el coche. De locos. El público que entraba ve la escena, un Mercedes casi derrapando, Berry dentro, a pocos minutos del concierto… imaginad qué pensó la gente. Aquí acaba todo. No habría concierto.

Lola de Haro, concejala de cultura con la que habíamos cerrado este concierto con el Ayuntamiento de Almería, entró en pánico. No tardó en sonarme el teléfono. Yo hablaba con ella sin respuestas, mientras Carlos, Patrick y Chuc Berry salían rumbo a ninguna parte con el tema de la cena y el chino. Le pedí que esperara, necesitaba información y… no hizo falta esperar mucho. Al doblar la equina del Auditorio Berry dió orden de parar justo en el primer Restaurante Chino que vió en la Avenida del Mediterráneo, a escasos 500 metros del recinto del concierto.

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Carlos me llamó, me tranquilizó y me dijo que había entrado como un loco en el restaurante, pidió sopa y algunos platos más, poca cosa, total… 22 euros que tuve que ir volando a pagar porque ninguno llevaba un céntimo encima. Lo cierto es que la gran estrella del rock salió con una bolsa de plástico blanca, como uno más, con a penas tres cuencos de comida china, volvió al coche y al recinto.

Mientras tanto, y para evitar males mayores, se había informado a la gente que el concierto comenzaría a las nueve y media, por razones… ‘técnicas’, lo que se suele excusar en estos casos. Pero, nadie contaba con la capacidad de Chuck Berry para sorprender, una vez más… Llegó al Auditorio, dejó la comida china en el camerino y, sin más, se colgó su guitarra, cogió las escaleras de acceso al escenario, y a las 21’15 horas, con medio aforo fumando en la calle, y el resto deambulando de la sala a la cafetería, con las luces encendidas de la sala… Berry salió y se puso a tocar, sin más.

Otro momento de locura e incertidumbre más que, la verdad, su público perdonó, como le perdonaron todo cuanto hizo, y como quiso, a lo largo de los cincuenta y cinco minutos que duró aquel concierto. Hasta que llegó el momento: “quiero cenar”. Sin más, en mitad del concierto, sin cortarse, por el micrófono llama a su asistenta, que desde bambalinas le grita sorprendida. Pero él insiste, le hace salir a escena, y delante de todos le pide su sopa… Carlos me traducía, mientras no dábamos crédito a todo cuanto pasaba. Es igual, era igual, era Chuck Berry. La señora salió con la sopa, le destapó el cuenco del ‘chino’, lo puso sobre el ampli Fender de su guitarra y Berry compaginó acordes con algunos momentos de ternura, cenando delante de un público enlquecido. Era Chuck Berry en estado puro. Y así hasta completar esos cincuenta y cinco minutos en los que todos los presentes estuvimos tan cerca de una estrella, de la más luminosa de todas las estrellas del rock.

Berry salió del escenario diciendo en voz baja, sin dejar de tocar su guitarra: ‘Go home’. Recogimos, nos volvimos a Granada, comentamos las mejores jugadas del partido mi amigo Carlos, Patrick y yo, y – a la mañana siguiente – lamentamos que esta historia terminara. Les dejamos en el aeropuerto de Granada y dijimos adiós a la mayor experiencia vivida en nuestro tiempo de dedicación a la música. Haber estado tan cerca del cielo es algo que quizás no se puede explicar con detalle, pero – claro – Chuck Berry hoy ha muerto, y ese sentimiento y esa emoción es aún mucho más grande, porque puedo decirlo en alto o escribirlo: “yo estuve un día con el más grande de todos los músicos de la historia de la humanidad’. Descanse en paz Chuck Berry.

Nota.- Todas las fotografías aquí publicadas son de ese concierto, y fueron realizadas para DGB Producciones por Fernando, de Atrium Fotografía, de El Ejido.

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